4.1.12

Suenan Timbres # 1



La sal de la locura, de Fredy Yezzed

Selección de Henry Alexander Gómez

En los últimos meses el poeta bogotano radicado en Argentina, Fredy Yezzed López, nos ha sorprendido con dos noticias y actos memorables. Primero, es merecedor del Premio Nacional de Poesía en Argentina Macedonio Fernández, por su libro La Sal de la locura. Segundo, luego de varios años de cuidadoso estudio, compila y publica la primera antología colombiana de poemas en prosa bajo el título de “Párrafos de aire”; antología que, a pocas semanas de publicada, ya es considerada como una de las muestras de poesía fundamentales en la literatura colombiana.

André Breton en su famoso primer Manifiesto Surrealista calificó la locura como “un exceso de imaginación”. Acaso Fredy Yezzed ¿no tuvo un desbordamiento imaginativo al escribir la trama inicial y las páginas de su primer libro publicado de poemas?

Iniciamos la sección “Suenan timbres: muestra de poesía contemporánea” con una brizna de demencia, con un elogio a la locura, al publicar cinco poemas pertenecientes al libro La sal de la locura (Buenos Aires, 2010).



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   HE HABLADO CON una mujer que parece normal en el jardín del hospital. Me ha narrado la siguiente historia con una tranquilidad agría: Estaba sentada en un banco de madera en el parque Lezama hace unos meses. Acababa de salir del trabajo. Estaba abrigada y pensaba en sus dos hijos lejos, en Lima. Dijo que los árboles del invierno eran el reflejo de su alma y todo transcurría en calma. En los juegos de madera vio como un niño de siete años se cayó contra el pavimento y se abrió la cabeza. Ese grito, más allá del aire… dijo. Entonces corrió y alzó al pequeño y, abstraída, se lo llevó a su casa y lo curó. Pasó la tarde acariciándole el rostro. Sólo las paredes humildes que la rodeaban saben las cosas buenas que pensó junto al niño. Al anochecer golpearon a su puerta las autoridades y los padres del niño que lloraban de angustia. Dijo que se aferró a la criatura como a sus huesos. Golpes. Las entrañas reventadas en los gritos. El invierno que la metía a una celda.
   Las enfermeras dicen que en las noches llora y abraza un muñeco de trapo al que llama mi Charly.
   Las enfermeras no saben que sus hijos aún la esperan.




   Le hablo del aire. El aire es el que me sostiene. No importa que no esté escrito; existe en mi mente, y por ende es. El aire no es sólo el astro torcido de mirarla, la forma que adopta el agua en el cuerpo o esa manera de tragarnos los árboles de las calles.

   El aire, señorita Dalzotto, es la mano que me levanta la quijada, es esa electricidad de verla, es esa vergüenza de tocarme para sentirla cerca.

   Usted me recuerda que soy hombre.
   Usted me recuerda que sigo vivo…




   POR ACCIDENTE HE pasado hoy la palma de mi mano por la cabeza. La he palpado minuciosamente ahogado en un silencio perplejo. Me he dado cuenta de que estaba rapado por completo. He deslizado con suavidad mi mano por la frente, la nariz, la quijada. Me mojaron la angustia y los nervios como la ola contra un acantilado: ¡había olvidado cómo era mi rostro! Caminé de un lugar a otro con desesperación. Me busqué en el reflejo de una ventana sucia, en el revés de una cuchara, en el brillo del marco de una puerta metálica. Pero no me pude ver. Indescriptiblemente me carcomió la tristeza. Lloré acurrucado en un rincón. No comprendí por qué no hay espejos en este lugar.

   Digo palabras falsas con la cabeza clavada en mi pecho y mis dedos entrelazados en la nuca: adentro soy yo y mi propia imagen. Adentro está mi espejo. Pero mi espejo no tiene reflejo. Soy un hombre sin rostro.




   LA SOLEDAD AQUÍ sólo remite a una pena: la idea de haber nacido en ninguna parte y de caminar a ningún lugar. En las tardes decenas de inciertos caminan por horas alrededor de la fuente. Sin saberlo, siempre en contra de las manecillas del reloj: siempre sin saberlo con el deseo de desdoblar el tiempo. Los miro amarrado a una columna. Me arrastra ese remolino humano. Ese ojo miope de Dios. Van todos detrás de un recuerdo grato: el chillido de las gaviotas junto al mar, el trabajo humilde de los hombres en el puerto, ese gorrión que salvaron de la muerte. La fuente como un huracán va convocando la vida invisible. La fuente va tejiendo ese instante en que la ternura se volvió desgracia.

   La fuente como un canto de sirena me arrastra… y yo quiero saberlo todo.




   Un grito me ha despertado en medio de la noche. Un grito dentro de mi grito. Una noche dentro de mi noche. La enorme sala en la que dormimos se parece al vientre desolado de una ballena. Las sombras de las rejas. Los hierros fríos de las camas. El olor de la orina. Las criaturas revolcándose en la sangre de sus pesadillas. En medio de la tempestad: las bisagras oxidadas crujiendo y el aletear de alguna paloma en el techo. Otra vez el animal incesante del insomnio, ese gotear perpetuo, esa irrespirable esperanza de fingirse sordo. El tallo con espinas de la noche me golpea la espalda.

   Duérmete, Ariel, duérmete, o si no vendrá Nadie y te lastimará…


 
Fredy Yezzed (Bogotá, Colombia, 1979). Es escritor y viajero. Su primer libro de poesía, La sal de la locura, fue galardonado en Argentina con el Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández 2010. Ha obtenido el XII Premio Nacional Universitario de Cuento Universidad Externado de Colombia 2001; el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá 2003; el Premio Nacional Poesía Capital 2005 y el XXVII Concurso Nacional Metropolitano de Cuento 2006. Es licenciado en Lenguas Modernas de la Universidad de La Salle y profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Después de un viaje de seis meses por Suramérica, se radicó en Buenos Aires, Argentina.

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