12.5.12

Trilce de Poesía # 5


 Eugenio Montejo (Caracas, 1938 - Valencia, 2008)


Selección de Jenny Bernal

Venezuela-Caracas 1938, dará la bienvenida a Eugenio Montejo, poeta de aguda y sensible mirada sobre muchos aspectos de esta “terredad”: el amor, la poesía, la humanidad, la naturaleza, etc. Su poesía, al igual que su poema sobre ésta “cruza la tierra sola, apoya su voz en el dolor del mundo”. Bien sea como le conocemos o como alguno de sus juegos heterónimos: Blas Coll, Sergio Sandoval, Tomás Linden, Eduardo Polo o Lino Cervantes. Al partir en el 2008, pese a que su andar se detuvo, por fortuna nos dejó un camino fecundo en donde cada poema es un hallazgo. Aquí, algunas de sus preciadas huellas.



Dura menos un hombre que una vela...*

Dura menos un hombre que una vela 
pero la tierra prefiere su lumbre 
para seguir el paso de los astros. 
Dura menos que un árbol, 
que una piedra, 
se anochece ante el viento más leve, 
con un soplo se apaga. 
Dura menos un pájaro, 
que un pez fuera del agua, 
casi no tiene tiempo de nacer, 
da unas vueltas al sol y se borra 
entre las sombras de las horas 
hasta que sus huesos en el polvo 
se mezclan con el viento, 
y sin embargo, cuando parte 
siempre deja la tierra más clara.
  
Ningún amor cabe en un cuerpo solamente…*

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo,
siempre un deseo se queda fuera,
otro solloza pero falta.

Lo sabe el mar en su lamento solitario
y la tierra que busca los restos de su estatua;
no basta un solo cuerpo para albergar dos noches,
quedan estrellas fuera de la sangre.

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque el alma se aparte y ceda espacio
y el tiempo nos entregue las horas que retiene.
Dos manos no nos bastan para alcanzar la sombra;
dos ojos ven apenas pocas nubes
pero no saben dónde van, de dónde vienen,
qué país musical las une y las dispersa.
Ningún amor, ni el más huidizo, el más fugaz,
nace en un cuerpo que está solo,
ninguno cabe en el tamaño de su muerte.


La poesía*

La poesía cruza la tierra sola, 
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
ni siquiera palabras.

Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto, 
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos.


Terredad*
.
Estar aquí por años en la tierra,
con las nubes que lleguen, con los pájaros,
suspensos de horas frágiles.
Abordo, casi a la deriva,
más cerca de Saturno, más lejanos,
mientras el sol da vuelta y nos arrastra 
y la sangre recorre su profundo universo
más sagrado que todos los astros.
.
Estar aquí en la tierra: no más lejos
que un árbol, no más inexplicables;
livianos en otoño, henchidos en verano,
con lo que somos o no somos, con la sombra,
la memoria, el deseo hasta el fin
(si hay un fin) voz a voz,
casa por casa,
sea quien lleve la tierra, si la llevan,
o quien la espere, si la aguardan,
partiendo juntos cada vez el pan
en dos, en tres, en cuatro,
sin olvidar las sobras de la hormiga
que siempre viaja de remotas estrellas
para estar a la hora en nuestra cena
aunque las migas sean amargas.

*De la antología poética: El azul de la tierra, Norma, 1997.

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