1.2.12

Iluminaciones # 2

  
PORTADA DEL LIBRO


 Por JORGE VALBUENA


Un cementerio de vivos

Permanecen vivos los muertos que nos deambulan. Es común verlos tendidos bajo la sombra de nuestros árboles secretos, murmurando canciones de antiguas despedidas. Es costumbre de viento dejarlos sembrar sus largas ceremonias en el silencio del patio donde aún anochece, sus nombres como pájaros sonoros se encargan de habitarnos hasta que por alguna grieta de nuestra memoria una melodía nos crece, como una rama que a fuerza de tiempo, soledad y lluvia decide dar fruto lejos de sus raíces.
Hacia Memomía se puede mirar desde todos los costados, es un catalejo que escudriña en el tiempo la razón de sus costuras.  Cada palabra es una puntada que se le da al tejido, la oscuridad deforma los dardos de los días y los nudos hacen parte de su peregrinaje. Hay aquí una geografía que me es lejana pero me pertenece, imbricada entre ríos, sudor, valles, balas, cuerpos, tumbas, retenes, mangos y montañas se hace parte de su paisaje, en el ardor de la lágrima al tocar el desierto, en el rumor del machete que siega la espesura. Desde el primer poema se escuchan cabalgar lejanos potros en la memoria, se avanza hasta encontrar la polvareda en la llanura, sus cascos invaden todas las palabras, cada vez más cercanos, el trepidar del relincho se hace inagotable.
Pero no todos los días amanece en Memomía. Se entrecruzan los destellos de un río bullanguero con los gritos que se cuelan por su tempestad ruidosa. Es un paisaje heredado por el que vamos naciendo de espaldas a la muerte, las plantas que crecen son esplendorosas pero contienen el veneno del que conoce su siembra. Así el jardín por el que se corría cuando niño contiene esa nostálgica presencia, entre el aroma de la tierra que nos acompañó siendo semilla con el fungicida certero que cayó sobre la higuera al llenarse de abejorros todas las edades. Esta es la contradicción, como un río que siendo puro baja contaminado, en este poemario se exalta el universo que se habita sin negar las duras huellas que persisten en el canto:

Acércate a la orilla
siente ese río bullanguero
que baja de la sierra con su cruz de versos
monosílabos fluyentes de la vida
que tamizan las sales de la tierra
y encuentra en su corriente revoltosa
un carnívoro deseo de arroyuelos
primicia de un sueño azul marino
en la lengua explosiva de la dinamita
o en la marcha pringosa del barbasco

Nada calla, nada guarda silencio. Cada espacio deshabitado aún se confunde con lo que a diario vivimos, tropezamos con los escombros que han quedado en la memoria y ni siquiera los espejos nos pueden descifrar. Los ríos llevan el aliento que guardan las sepulturas, el viento se desmorona entre la agonía de los sembrados, la piel deja de ser un refugio para convertirse en testimonio y qué decir de las palabras cuando taladran en la tempestad. Rodolfo Celis ha reunido aquí un conjunto de esas tinieblas y ha tallado en ellas una voz con luz de sombra, es la de un poeta que a menudo se cuestiona el lugar que le corresponde en el libro. Sabe que es quien  escribe, pero también le reprocha a la poesía el lugar de sus apariciones, sus impertinencias, su oficio fiero de mantener vivo lo que se creía recuerdo. Y son los muertos los que se encuentran en el poema, los que se vuelven a enterrar en sus presagios y allí mueren y vuelven a vivir  y se embriagan, es el poeta quien los vuelve a condenar pero es también quien los libera de su rapto:

Cuando enmudece el poeta también calla la muerte
Y tú, muchacha de ojos inflamados
como el cielo veraniego en mi tierra
ven a salvarme
del cerco fúnebre que me tiende la memoria

Es poeta también quien avanza leyendo estos versos y quien muere en el poema y el agua frondosa que ve correr su sangre por las páginas. Este libro pertenece a muchos rastros, en su escritura participa todo el paisaje, no sólo la latitud que da cuenta de nuestro paso, también las cenizas que un día fueron incendio. Del arrullo de la cigarra, la pulpa carnosa del mango, nos vamos adentrando hasta el escenario inconcluso de los fantasmas que pueblan Chimila. Nos hacemos familiares a sus codicias, a sus deseos. Algunos nombres, antes desconocidos, empiezan a cobrar forma en ese árbol genealógico que ha sido talado y hoy trata de recobrar sus nidos: José del Carmen, abuelo, Jesús Moncada, Ángel María Guerrero, Jorge Evelio, tío, Julio César Serrano, Mariela Escandón, perdida promesa, entre otros, hacen parte del pueblo que empezamos a reconstruir pedazo a pedazo en Memomía.
También es la guerra que aún puesta entre comillas en nuestra cotidianidad nos cansamos de negar que se ha ido y debemos admitir que sigue airosa. Guerra que ya no sólo retumba en las montañas y en los noticieros, guerra con que vamos vistiendo nuestra andrajosa certidumbre de estar vivos, en las venas por donde los ríos se aclaran caudalosos hasta la desembocadura donde muere la impunidad, en la mirada con que cruzamos nuestro olvido sabiendo que nada ha sido pasajero. Encontrarse con este libro es empezar a recorrer lo que tenemos escondido, el bullicio que cada tarde nos despierta en el recuerdo, lo que maquillamos de silencio aún muriendo de grito. Parecería una travesía hacia un lugar desconocido hasta que descubrimos que siempre hemos estado en el mimo sitio, que lo que nos dice este río lo hemos bebido tantas veces, a solas y en desiertos. 


AGUAS OSCURAS

Las aguas del río que bañan mi pueblo
vienen descalzas y no van sufriendo …
Octavio Daza
Acércate a la orilla
siente ese río bullanguero
que baja de la sierra con su cruz de versos
monosílabos fluyentes de la vida
que tamizan las sales de la tierra
y encuentra en su corriente revoltosa
un carnívoro deseo de arroyuelos
primicia de un sueño azul marino
en la lengua explosiva de la dinamita
o en la marcha pringosa del barbasco

Ese río me habita gota a sangre
sangre a gota
desciende por un cañón de yermas soledades
arrastrando a fuerza de piedra y pendiente
una quincalla de marismas
y largos collares embrionarios
rutilantes anuncios de otra generación de renacuajos

Calamitoso
con sus rápidos de espuma mortecina
ese río está inundando ahora
azulado de húmedas palabras
el margen de las líneas que te escribo



DEL OLVIDO QUE YA SOMOS

Sé que verás un libro abierto
y entre sus hojas sinceridad
Roberto Calderón

Julio Cesar Serrano fue mordido por dos balas
cuando empezaban a florecer en sus tobillos
unas alas irisadas de calamitosa salvación
¡Qué lejos quedaban los sembrados
el machete chambelón
y los secretos de la cruz de Caravaca!

Omar de Jesús, moribundo y desgreñado
a la sombra de un camajón añoso
provocó la estampida
de un lote de novillos cimarrones
que pastaban en torno a los saleros
Nocturnos caminantes cuentan de una voz
que habla con el viento en las ramas del árbol

Jorgito Urueta, que hacía fiesta
cuando peleaba el “happy” Lora
excavó, como quién busca un tesoro
la negra tierra húmeda
donde rendiría después su cosecha definitiva
alimento de amapolas

Mariela Escandón, con el aliento trasnochado
y la piel extasiada de cobijas
fue arrastrada por la lluvia
hasta los linderos del caserío
donde esperaban por ella otras sombras

Pedro Luis Caballero que reposaba la tarde
en su hamaca sanjacintera
bajo los mamoncillos de un patio ilimitado
quedó mordiendo un marañón sanguíneo
y bamboleando sus viejos huesos
después de la detonación

Daniel Pacheco, maniatado a un poste de la plaza
adivinando los rostros amigos tras la venda
sigue firme y estacionado para siempre
oreando sus lágrimas al sol
las lágrimas azules de los sentenciados.

Isaac Galván, con la voz recia de la profecía
y la gambeta precisa para driblar la tumba
conoció el sabor alcalino de una calle polvorienta
un viernes de julio, día de la Virgen del Carmen

Y al final, la lluvia otra vez

¡Silencio!

Cuando enmudece el poeta también calla la muerte
Y tú, muchacha de ojos inflamados
como el cielo veraniego en mi tierra
ven a salvarme
del cerco fúnebre que me tiende la memoria



LA MILLA VERDE


Tocado por el rayo
el cuerpo se desmayó sobre la hierba
con las jarcias rotas y la lengua ionizada

Magma celular que se hermana con la piedra
hasta rendir su cadáver para el cosmos

Tocado por el rayo
con su mordisco de alambrada
el guerrero estalla en luces sanguinarias
con las garras crispadas
eléctricas
inofensivo ahora
como una geológica imagen de la muerte

El veredicto se hace inexcusable
en esta arcaica guerra
el rayo siempre ha resultado vencedor


EL DESERTOR

Isaías, el negro se terció el fusil en bandolera
orgulloso y valiente
soñando con medio millón de pesos
una casita en el pueblo
y paletas de vasito para los niños
Se fue a la guerra como a un trabajo nuevo
cansado de jornalear sin esperanza
y pelar las cañas de azúcar con los dientes

El negro desnudó una muerte de ojos grises
masticando boca abajo la hierba clandestina
cuando un cernícalo azabache
fue graneando escupitajos de plomo
sobre el cráneo rasurado de recientes guerrilleros
que habían mutado de colores

La zafra rindió cinco cuerpos para el río
Y él encontró su rostro repetido en los cadáveres
víctimas y asesinos indistintos
comprendió devorado por buitres en el sueño
el frío logaritmo del conflicto
matar hasta rendirse de cansancio
y ahogarse en el reflujo de la sangre
entonces desertó a la medianoche
con la angustia apuñalándole la espalda

Isaías, el negro se vistió de sombra
perseguido sin tregua como un tigre
alimentándose de raíces y de hojas
hermanado con los búhos
aprendiz de los colores
con su espectro de aromas del rastrojo
se hizo tan anónimo
tan cercano al polen y a la vida
que ya no quiso caminar entre las ruinas
acumuladas tras el paso de los hombres

RODOLFO CELIS

Nació en El Copey (Cesar), en el año de 1978. Estudió Literatura en la Universidad Nacional de Colombia. Editor, cronista, crítico de cine, bloguero y poeta, fundó la revista Surgente Letras Informales, el cineclub Caldo Diojo y el blog Gusano de guayaba. Ha publicado en las revistas Rilttaura, El Ático, Yasnaia Poliana y Surgente; y ha participado de los libros colectivos León Tolstoi, la dialéctica del alma y Eric Rohmer, cineasta de una peque¬ñez esencial, publicados por la Universidad Nacional.

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